Me cuentan cuentos inconclusos, con ciudades levantadas sobre siniestros, con aretes que se pierden y se roban, con gente que camina de ida y de vuelta en su animada y sedentaria vida.
Cuentos inconclusos, porque sus finales crueles me despiertan otros cuentos, y entonces me siento atrapado entre pastas de el-Gahshigar, como viajando en el asiento de un Dios, con el miedo profundo de caerme y volverme protagonista, ser el que se retuerce bajo la luz caliente, el que grita, el que llora y mira desconsolado a un cielo que solo puede darle día y noche, ser el que tirita de frío en madrugadas y a hurtadillas sobrevive en las bancas de los parques.
Me gustaría, como me gustaría, por un minuto perder mis sentidos y extasiarme en pensamientos, concluir mis cuentos y concluir los vecinos, para después contarlos, ser el cuenta cuentos de un planeta lejano, donde los siniestros, los aretes y “la gente” sean solo cuentos, donde la distopía no asesine mis ideas y no me devuelva a mi banco con hojas en blanco y el pensamiento perdido.